
No hay duda que la reputación de Brasil como exportador de carne ha sufrido un golpe durísimo y que recomponerla le llevará, tiempo, esfuerzo y dinero.
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Apenas se descubrió que una serie de empacadores de carne sobornó a inspectores para aprobar carne en mal estado como segura para la exportación, el gobierno de Michel Tamer no dudó en erigirse en el principal vocero ante la crisis que amenaza con desbancar a Brasil como el principal exportador de carne del mundo.
El propio presidente asumió la función de defensor del sector con una velocidad de reacción rara vez vista en gobiernos, usualmente proclives a esconder, dilatar y desviar cuando una crisis reputacional los amenaza.
Si el manual de crisis dice que ante un hecho de estas características hay que explicar qué pasó, pedir disculpas y decir qué se va a hacer para que no se repita, Brasil lo está siguiendo al pie de la letra. Si eso será suficiente para convencer a la Unión Europea, Japón, China y otros países importadores de carne, está por verse.
Brasil trató de tranquilizar al mundo de que su enorme industria cárnica no representa ninguna amenaza mediante una movida de PR clásica, el presidente Temer decidió invitar a embajadores a una cena a una churrascaría. De los 33 invitados, acudieron a la cena 19.
Son todavía muchos los que, al parecer, dudan de la sanidad de la carne brasileña.
Temer sonreía para las cámaras mientras probaba la tradicional picaña, mientras seguramente maldecía la corrupción de sus funcionarios que pusieron en jaque una industria multimillonaria.
El presidente tenía la improbable misión de calmar un escándalo que ha dañado seriamente la reputación de la mayor nación exportadora de carne y aves de corral del mundo. En medio del escándalo por la venta de carne podrida, el gobierno de Brasil ha hecho lo imposible para asegurar a los consumidores extranjeros que no ha habido amenaza para la salud.
Hasta el momento, tres instalaciones han sido cerradas de inmediato y por lo menos 30 personas fueron arrestadas después de que se supo que la carne en mal había sido vendida y se emitieron certificados fraudulentos. En algunos casos, se habían utilizado productos químicos cancerígenos para enmascarar el olor de la carne. Un desastre por donde se lo mire.
Brasil ha sufrido dos años de recesión. La industria de la carne ha sido uno de los pocos puntos brillantes en la mayor economía de América latina. La carne brasileña se envía a 150 naciones; Las ventas del año pasado alcanzaron US$ 5.900 millones en aves de corral y US$ 4.300 millones en carne bovina, según datos del gobierno.
En el discurso de Temer a los valientes 19 embajadores que fueron a la cena el presidente reconoció que el escándalo había causado «gran preocupación», sin embargo, insistió en que la carne contaminada se produjo en «sólo unos pocos negocios» y no representaba un problema más amplio.
Si tal afirmación alcanza a abrir mercados que se cierran, está por verse, toda vez que fue la corrupción oficial y no solamente el accionar de privados descarriados. Y si las mismas autoridades de sanidad están implicadas, es indudable que Brasil deberá hacer muy buena letra y someterse a controles extremadamente finos antes de que una picaña sea servida en Tokio, Paris o Beijín.
Y es probable que los escándalos terminen por perjudicar los intentos de negociar un acuerdo comercial entre el Mercosur y la Unión Europea.
Esto se debe a que los países que son partes en acuerdos comerciales no sólo deben tener buenas razones para estar seguros de que los reglamentos de cada uno están diseñados adecuadamente para proteger a los consumidores – las normas también deben aplicarse adecuadamente.
Si Argentina, cuya industria de la carne fue diezmada por políticas que buscaban “asegurar la mesa de los argentinos” puede aprovechar el espacio dejado por Brasil, está por verse.
Alberto Arébalos es socio de la consultora Milenium Group
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