¿Si a Trump no le va bien en las elecciones en noviembre, se sostiene la avanzada “anti ESG” o pierde fuerza? Casi dos tercios coincide en que hay una tendencia verificable hacia silenciar (greenhushing) las políticas sustentables que antes se proclamaban a los cuatro vientos y en cuya comunicación se hacían grandes inversiones.
Nada es “para siempre”, pero el segundo mandato de Donald Trump en Estados Unidos vino acompañado de una verdadera ofensiva contra las políticas ESG (environment, social y governance) y ni hablar de DEI (diversity, equity y inclusion).
Pero después de un año muy turbulento y con encuestas de aprobación mucho más bajas que lo habitual para esa etapa del gobierno de Trump en la Casa Blanca, ya se empezaron a alzar algunas voces preguntando: ¿Trump y el movimiento MAGA perdieron fuerza? ¿Si a Trump no le va bien en las elecciones de medio término en noviembre, algo que hoy están indicando las encuestas, se sostiene la avanzada “anti ESG” o pierde fuerza? Preguntas clave en el mundo corporativo.
El movimiento ESG hizo furor en Wall Street desde la pandemia de la mano del fondo BlackRock, el mayor del planeta. Su CEO, Larry Fink, anunció en enero de 2020 que quería usar miles de millones de dólares gestionados por el fondo para combatir el calentamiento global.

Fue un llamamiento mundial a volver “buenas” a las finanzas: “cada gobierno, compañía y accionista debe enfrentar el cambio climático convocando a reformular las finanzas”.
Acto seguido viajó a Davos con una bufanda de colores que buscaba representar a 150 años del aumento constante de las temperaturas globales.
En Davos nació un movimiento que avanzó sobre entidades financieras y grandes empresas: la misión era ir dejando atrás las emisiones de combustibles fósiles. ESG se volvió un sello de calidad que una corporación global no podía no tener: se crearon alianzas como la Net-Zero Banking Alliance o la iniciativa de Net-Zero Asset Managers que apuntaban a redirigir inversiones hacia energías más limpias. No había reunión de directorio en la que no se mencionara el tema.
Pero llegó al poder Donald Trump y su movimiento MAGA, y al rededor del “net zero”, “green”, ESG y DEI a veces se escuchan “grillitos”.
Un análisis de la agencia Bloomberg llegó a la conclusión de que en los “earnings calls” en los que el management detalla a inversores la evolución de las finanzas de las empresas, los términos “sustentabilidad” y “clima” cayeron 75 por ciento.
De hecho, el gobierno de Trump no solo declaró ilegales las prácticas de inclusión y medio ambiente a nivel del gobierno nacional, sino que emitió un decreto volviendo ilegal cualquier práctica inclusiva de las empresas.
Mark Carney, el actual primer ministro de Canadá, era el presidente del Banco de Inglaterra (el banco central inglés) lideró un grupo desde la ONU para incentivar al sector privado a reducir sus emisiones de carbono: la Glasgow Financial Alliance for Net Zero que prometía juntar fondos por 130 mil millones de dólares para combatir el calentamiento global.
Sin embargo, al mismo tiempo que en Glasgow nacía la alianza empresarial por el clima, un grupo de tesoreros estaduales republicanos crearon en Orlando, Florida, el movimiento contrario: la State Financial Officers Foundation para frenar a los “ambientalistas”.
Los gobiernos republicanos empezaron a retirar fondos de Black Rock a modo de “protesta” “anti-verde”.

Los republicanos empezaron a combatir a los inversores ambientalistas en los tribunales: antes que volviera al poder Trump en Washington, las legislaturas de los estados republicanos lanzaron una catarata de demandas contra las prácticas y “promesas” ESG de BlackRock y otros fondos de Wall Street.
El tiro de gracia para los fondos “verdes” fue el regreso de Trump poco más de un año atrás.
Un ejemplo fue Bank of America, que había prometido no financiar más a la industria del carbón y petroleras que perforen en el Artico, dieron marcha atrás.
Para los críticos, estos compromisos de las empresas con el respeto al medio ambiente muchas veces era puro “greenwashnig”. Pero ahora muchas pasaron a hacer todo lo contrario: seguir adelante con las prácticas sustentables, pero no comunicarlas más: “greeenhushing” o silencio verde.
Pero países como la Argentina quedaron en el medio de las tendencias: las empresas europeas no se dejaron asustar por el trumpismo y decidieron seguir adelante con sus políticas habituales, y en la Argentina hay capitales de todos los colores. La pregunta ahora es qué esperan los profesionales argentinos de comunicación que trabajan en la comuincación de la sustentabilidad o asesoran a empresas que se terminaron acostumbrando a que ahora lo “ambientalmente correcto” puede también ser “políticamente incorrecto”.
En muchas gerencias y consultoras se empezaron a preguntar si la “ola antiverde” no se habrá hecho espuma con las encuestas de aprobación cada vez más bajas de Donald Trump en Estados Unidos, y ahora un sondeo a 70 profesionales de comunicación y asuntos públicos de este servicio muestra algo cambió desde la gran ofensiva “anti-ESG”.
Por lo pronto en una mitad de las organizaciones el tema se debatió o está todavía en debate, y en la otra mitad ni se debatió.

De hecho para la mitad de los encuestados, la llegada de Donald Trump al poder no cambió nada en la comunicación de la sustentabilidad, pero en más de un cuarto de las organizaciones de los encuestados -o en las que están vinculados- “se hicieron adaptaciones al nuevo espíritu y se abandonaron algunas políticas DEI/ESG”.
Para algunos de los participantes de la encuesta, “hay una radicalización de posiciones que estaban latentes”.
Pero casi dos tercios coincide en que hay una tendencia verificable hacia silenciar (greenhushing) las políticas sustentables que antes se proclamaban a los cuatro vientos y en cuya comunicación se hacían grandes inversiones: “mantener, pero silenciar”. Poco más de un tercio dice que no observa en la Argentina esa tendencia.
¿Qué creen los profesionales del sector a título personal que deberían hacer las grandes empresas ante la nueva agenda “anti DEI y ESG” que baja de Estados Unidos ahora que pareciera que Donald Trump empezó a cansar en la política mundial?
Casi la mitad (46 por ciento) cree que lo mejor es “seguir insistiendo”, aunque más de un cuarto matiza: “Seguir, pero bajando el perfil para no enojar al poder ni a influyentes de derecha” que se la agarran con las políticas sustentables y de inclusión como parte de una “ofensiva anti-woke”.

Solo el 16 por ciento cree conveniente “terminar definitivamente las políticas DEI y ESG”.
En qué medida el impulso “anti-ESG” se frenó a raíz de las últimas “locuras” de Donald Trump del estilo de amenazar con invadir Groenlandia y terminar con la alianza occidental o tomar una postura ambigua hacia la guerra de Ucrania, es una respuesta que pocos arriesgan: apenas el 15 por ciento. Incluso el 25 por ciento cree que con todas las “locuras de Trump”, el “impulso anti ESG” no se frena.

Greenhushing: o cómo conviven prácticas sustentables sin enojar al movimiento “antiwoke”.