InicioNoticiasEl fútbol de medianoche para “tapar” a Lanata y el relato enmudecido

El fútbol de medianoche para “tapar” a Lanata y el relato enmudecido

 

PorAlejandro Paolini *

“El silencio se llena de estereotipos”, Roland Barthes.

El título de ese análisis fue uno de las decisiones más difíciles. En él debo abordar la decisión de competir con el fútbol a Lanata. Cuando de temas de comunicación y política se trata, intento que el abordaje sea un aporte más que una opinión, es decir la posibilidad de pensar juntos.

Escogí la frase de uno de los mayores teóricos de la comunicación porque la considero el corolario de la decisión del Gobierno. No escoge el silencio, se podría decir, escoge la distracción, pero dentro del relato o el debate planteado, el fútbol actúa como silencio. Carece de capacidad de planteo de agenda, es silencio.

La decisión del Gobierno, es una contradicción con la imagen constitutiva de la Presidenta. Una esgrimista de la oratoria, del argumento y de la retórica, se aleja de la voz propia – al decir propia me refiero al de todo el Gobierno – y presenta un reemplazo pobre.

Es una contradicción irresoluble también porque el kirchnerimso ha sido un relato. El relato puede hacer “uso” de los silencios, pero no existe relato “en silencio”.

El relato construye política y cultura, cuando es una alquimia de hechos, mística, identificación y reconocimiento del otro, cuando se logra una síntesis o “cristalización” de sentidos.

El kirchnerismo era triunfante frente a otras voces. Para identificar el cenit y el declive, basta con hacer el siguiente ejercicio: cuando las primeras denuncias de corrupción, la mayoría contrastaba la información con un “no puede ser”, por el 2003. Un relato enancado en la esperanza y necesidad de creer, unido a gestos inéditos.

Más cerca del declive, la auto justificación del relato tomado como propio fue “lo que pasa es que…”, seguido de un auxilio de justificaciones. Hasta llegar al reemplazo o derrota de ese relato y presenciar como otro lo explica.

El relato kirchnerista fue la base de su construcción de poder que nació con un 22% de los votos. Tan fuerte y potente, capaz de hacer olvidar su origen de la mano de Duhalde para convertirlo en un anatema. Tomó fuerza con hechos de impacto como el plantón a los empresarios franceses, el discurso de Fidel en la escalinata. El discurso de asunción de mando, en una instancia de desesperanza tal, que con solo decir que no iba dejar sus convicciones en la puerta de la casa rosada, expulso la negatividad y llevo la esperanza a muchos… que no sabían siquiera cuáles eran esas convicciones. Eso es potencia de relato: cuándo la resonancia, el cuerpo, el volumen lo exime de lo asertivo del contenido.

La entrega del bastón, la cabeza lastimada, Chávez, las Madres, el cuadro de Videla… El kirchnerismo construyó potencia: primera presidenta electa, Kirchner que relega la reelección en su esposa, la muerte de Kirchner… Un relato construido con voz propia, mística y argumentos, pierde su identidad al decaer sus elementos, deja de ser para ser superado por otros. Hasta, convertirse en Enrique VIII solo en su castillo, conversando con sus fantasmas, y deja otra voz en el lugar de su relato.

La contraposición durante la Ley de Medios es la cumbre, el Gobierno logró deconstruir el valor de grandes sectores de los medios e instalar un hecho cultural.

Lanata es el relato sobre el relato, tomo el lugar y la capacidad legítima de reconstruir una nueva versión, con roces de género cuentista.

Desde sus domingos comenzó denunciando para pasar a tener hoy una posición superior discursiva, ahora es: “yo te explico, todo esto que te contaron que pasó, pasó de tal otra forma”, sería una síntesis.

El declive nace también de la pérdida de características: el kirchnerismo es combate. Al campo, a los militares, a las corporaciones, al dólar, al dominio extranjero, a la derecha, a los medios… pero cuando no combate, desplaza ese lugar en parte – en etapas – al otro enunciador. Peor aún, cuando ese relato se silencia ante quien explica la corrupción… cuando es el único combate no enunciado… el desplazamiento es obvio.

Reemplazar la política con fútbol, dispara memorias especulativas. No faltará el animal que diga que alguien recién muerto intentó lo mismo. Es un flanco enorme abierto por el Gobierno al alejarse del debate, ya no por la razón o sostener una verdad. Tan solo para lograr la continuidad, sostener una porción del terreno.

En una de sus últimas campañas electorales Francois Miterrand remedó un afiche de la propaganda Stalinista, donde el líder iba en un timón. En el suyo, él miraba al horizonte desde un barco con el timón en el plano, y decía tan sólo “tenemos tanto por hacer juntos”. Era aún un fuerte relato y su silencio no era silencio, era una contundente catarata de afirmaciones del relato de un Gobierno que llegó a los doce años. Aún hoy Miterrand, con sus infidelidades, con corrupciones, sigue siendo un relato propio positivo. Tan ajeno al clásico socialismo cómo lo es el kirchnerismo al peronismo clásico. El hombre gris jamás abandonó el relato.

La disparidad entre la agenda del Gobierno y la demandada, aumenta la distancia, el silencio de argumentos y las fotos de algunos impresentables en el Gobierno destruye el relato, poner el fútbol como defensa ante Lanata, despertará en silencio o en voz alta las conclusiones estúpidas, una frontera que no se regala. Perder terreno en el relato es un agotamiento propio, y se reemplaza con otro.

Por último, si algún ocurrente cree que la publicidad del fútbol para todos reemplaza el relato, no merece más que el silencio ante su idea, estoy seguro que ningún estereotipo que aparezca será el de “que tipo brillante”.

*Presidente de la consultora Vértice

 

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