Cristina Amor, directora de Comunicación y Energía de LL&C, a cargo del estudio |
Fukushima obtuvo un mes atrás el triste honor de dar nombre a la que puede ser considerada ya como una de las tres mayores crisis nucleares de la historia, tras Chernobyl (URSS, hoy Ucrania) en 1986 y Three Mile Island (Pennsylvania-EEUU) en 1979. Pero, a diferencia de aquellas, este accidente nuclear ocurrió tras la revolución digital que, hoy, nos conecta a todos y que lleva a nuestras pantallas electrónicas en cuestión de segundos los acontecimientos ocurridos al otro lado del mundo, en cualquier cultura o idioma.
La velocidad de transmisión de los hechos -tanto a través de individuos activos en las redes sociales, como de los medios de comunicación- y la localización inmediata del análisis y del debate en el territorio propio, provocaron una ola de decisiones locales en los países con potencia nuclear. Una crisis de comunicación global para la industria nuclear, que asiste a decisiones dispares de los gobiernos en todo el mundo, presionados por sus ciudadanos en tiempo real por un accidente ocurrido, en muchos casos, a miles de kilómetros de distancia.
Mientras que las consecuencias globales de este incidente aún son inciertas, los efectos negativos para la reputación de la industria nuclear son ya de gran magnitud. Como consecuencia, las políticas energéticas de muchos países, especialmente las de aquellos estados más industrializados, podrían verse afectadas si no se canalizan correctamente estas secuelas.
Desde el punto de vista de la comunicación el gran reto para las administraciones y la industria será, en general:
* Reconstruir la percepción de seguridad de la tecnología nuclear, en particular para las instalaciones que se encuentran en operación en la actualidad.
* Llevar el debate al terreno técnico, lejos de las emociones -comprensibles, por otra parte, en un momento como el actual- para permitir la prolongación de la vida útil de las centrales existentes o el desarrollo de nuevas centrales nucleares.
* Incidir en el efecto económico que podría llegar a tener la eliminación de la energía nuclear como componente de base en la generación energética.
Al igual que lo ocurrido tras los accidentes de Three Mile Island y Chernobyl, los medios de comunicaciones locales o internacionales rebajaron las exigencias en el contraste de la información y primaron la velocidad e interés social sobre la precisión de la información difundida. Una vez más son los ciudadanos los que se convierten en las principales fuentes y medios de información en las situaciones más críticas. Las cosas no son hoy muy diferentes en el fondo, pero sí en la velocidad y en las formas, haciendo aún más dramática la reacción en cascada.
Buena parte de la responsabilidad en el alcance internacional y efecto emocional que está provocando la crisis en Japón, con efectos notables en la percepción desfavorable de la energía nuclear, responde a la capacidad de comunicación de los propios japoneses, que están empleando sus espacios personales en los medios sociales de Internet para propagar contenidos multimedia a través de dispositivos móviles por todo el mundo. Una enorme red de corresponsales voluntarios, en el país de origen de la noticia, que sirven de informadores para medios y audiencias de todo el planeta.
La falta de elaboración, contraste y análisis no sólo en redes sociales -que no tienen tal obligación deontológica- sino en los medios de comunicación tradicionales -que sí la tienen- ha generado una percepción global de confusión que ahonda en la sensación de miedo de la ciudadanía. Y cuando la ciudadanía siente miedo o inquietud gira su cabeza hacia sus autoridades locales. Por tanto, ante el temor de las autoridades locales de todo el mundo a la presión de sus propios ciudadanos, éstas optaron por actuar rápidamente, aunque siempre desde una óptica de comunicación local que impide una percepción de coherencia global del sector.
Cuando el gobierno alemán decidió suspender la actividad de siete centrales antiguas, en el resto de países del mundo se replicó en décimas de segundo el debate sobre por qué no se toma la misma decisión. Sucede lo mismo con las decisiones tomadas en todos los rincones del mundo y la interconexión en el debate global de múltiples decisiones locales contamina el resultado final de percepciones sociales.
Por tanto, la primera conclusión de comunicación que se extrae de lo que llevamos de crisis es, posiblemente, que la industria necesita ser el motor que impulse un modelo de gestión global de la comunicación de este tipo de crisis. Un modelo que requiere de órganos de gestión de comunicación de crisis auténticamente globales y con alcance en lo político, que bien pudieran ubicarse dentro de los organismos multilaterales hoy existentes, como la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Porque no basta un órgano técnico, como el Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA), para coordinar una crisis de comunicación que sólo es técnica en su base, pero que es política en sus términos globales.
La segunda gran conclusión ha de estar necesariamente centrada en el ámbito de la gestión de los medios de comunicación. Si todo experto en comunicación -y cualquier persona con sentido común- entiende que la mejor gestión de crisis es la preparada y planificada, podemos aseverar que la organización u organizaciones que, en el futuro, gestionen globalmente la comunicación de crisis nucleares locales tienen un desafío en la gestión de las redes sociales, por un lado, y, por otro, en la formación de los medios tradicionales, en todo el mundo, para informar en situaciones de crisis global.
Esta crisis nuclear aún tiene consecuencias imprevisibles. Pero la toma de decisiones estratégicas de comunicación por parte de los principales actores del sector, en especial de las empresas -a nivel local y global- en sus relaciones con las autoridades, medios de comunicación y sociedad en general, también en lo local y en lo global, resultarán determinantes para su sostenibilidad. Para su supervivencia.