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Pronóstico: los cinco medios con la exclusiva de Wikileaks también tendrán sus propios problemas de PR

 

Chocolate por la noticia: tapa del New York Times sigue con filtraciones

Por Diego Dillenberger.-

Sigo esperando el documento de Wikileaks que realmente ayude a meter presos a los corruptos de este mundo, que contribuya a la libertad de prensa y al respeto de los derechos humanos. El mundo se vio sacudido por las increíbles revelaciones de parte de un cuarto de millón de comunicados diplomáticos norteamericanos, y lo único que pasó, hasta ahora, es un monumental papelón para la diplomacia estadounidense porque quedó en evidencia que trata sus comunicaciones reservadas como una charla de chusmas de barrio en un café. Los norteamericanos se malquistaron con sus aliados por el tono de los comunicados y «mandaron al frente» involuntariamente a todas sus fuentes periodísticas, políticas y empresarias.

Mi tesis: también los cinco medios tradicionales y prestigiosos que tuvieron la «exclusiva» de Wikileaks tendrán su propio problemita de PR.

Desde las ventilaciones del site que, dicen, fue ideado para ventilar materiales secretos con fines altruistas, a Estados Unidos le va costar horrores encontrar de ahora en mas fuentes de primera línea en la política y el periodismo al haberse revelado la costumbre de publicar abiertamente las fuentes de sus informes reservados. Y muchos de estos interlocutores, como en la Argentina el candidato e intendente del partido de Tigre, Sergio Massa, por citar a uno, se ven ahora en serios aprietos y vergonzosas exposiciones de sus presuntos pensamientos secretos despreciativos sobre el gobierno kirchnerista al que perteneció.

Sin embargo, luego de tres días de «revelaciones», sabemos que los diplomáticos norteamericanos creen que el poder en Rusia lo tiene Putin y no Medvedev (creo que mi hija de 12 ya lo sabía), que consideran bastante paranoico a Sarkozy, timorata a Angela Merkel, dudan de la salud mental a Cristina Kirchner (tal como informó Noticias hace años), hosco a Mauricio Macri y otras tantas naderías. También sabemos que muchos políticos les contaban a los diplomáticos norteamericanos la misma visión realista de las cosas que nos cuentan habitualmente a los periodistas locales en off the record (con la diferencia que los periodistas solemos reservarnos la identidad de la fuente). En lo que hace a Argentina, por ejemplo, su información no aporta más que lo que ya leemos los domingos.

Cuando Wikileaks publicó un video de combate secreto de la guerra de Irak, el público supo de la poca consideración por la vida de civiles de las fuerzas armadas norteamericanas. Eso fue todavía una contribución realmente útil y aplaudible.

¿Estos chismes? Hasta ahora, no salvan vidas ni encarcelan a corruptos. Tampoco evitan ningún intento de golpe de estado en terceros países ni contribuyen a mejorar la libertad de expresión. Solo causan un papelón descomunal y numerosos dolores de cabeza.

Lo más curioso es que los medios que los difunden y con los que el fundador de Wikileaks, el australiano Julian Assange, pactó el acuerdo de «embargo» del pasado domingo, lo «venden» como gran revolución.

Es cierto que hay un cambio de paradigma de la era digital que queda en evidencia: el daño que se le hace a USA con estas revelaciones es tan grande como el derribamiento de las Torres Gemelas. Pero fuera de eso, ni siquiera cambia radicalmente el paradigma mediático: para darle entidad a sus revelaciones mayormente intrascendentes pero altamente embarazosas, Assange debió acudir a esos cinco prestigiosos medios ultratradicionales: Los diarios The New York Times, Le Monde, El País, The Guardian y la revista alemana Der Spiegel. Ni siquiera consideró el «blog» The Huffingtonf Post, el medio digital de mayor audiencia, como capaz de generar escándalo en la opinión pública. Por más que la mayor parte del mundo lea ahora los cables por Internet y se vaya enterando de ellos muchas veces por las redes sociales, queda más claro que nunca que las marcas tradicionales de medios no han perdido su potencial para sentar agenda ante blogs y redes sociales.

Queda también la pregunta de qué va a hacer ahora Estados Unidos para recuperar no solo su imagen ante el mundo: deberá recomponer relaciones con aliados y volver a demostrar que un adolescente no se puede apoderar así nomás de sus documentos secretos. Otra pregunta que queda es qué harán en materia de comunicación los bancos que, supuestamente, son los que siguen en la lista de Wikileaks. Según prometió a la revista Forbes, en marzo Assange (si no lo meten preso antes) va a publicar todos los archivos de instituciones como el Bank of America, y así en Estados Unidos la gente sabrá cuánta plata mantiene en el banco su vecino y cuánto se pidió prestado su compañero de trabajo.

¿Esto ayudará a combatir la corrupción y el narcotráfico? Probablemente tanto como estas últimas «revelaciones» diplomáticas ayudan a mejorar los derechos humanos, la libertad de expresión y la justicia terrenal.

Insisto en mi pronóstico: a menos que gracias a estas revelaciones de Wikileaks podamos mejorar el mundo, los medios que impulsaron la difusión del Cablegate pueden tener que afrontar en el futuro su propio problema de imagen. Los rivales que no tuvieron la «suerte» de tener la primicia van a contribuir a ello. Eso, seguro.

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