Comunicadores argentinos evaluaron en una encuesta las PR de Trump en la conferencia de prensa y fueron lapidarios: derrochó todo lo que ganó con la brillante captura de Nicolás Maduro. Un éxito militar que terminó en fracaso de diplomacia pública y con riesgo de cataclismo mundial.
El título de esa encuesta podría ser «Petróleo 17 – Democracia 0». Esta es la cantidad de veces que, en la conferencia de prensa posterior a la fascinante captura del mandamás venezolano Nicolás Maduro, Donald Trump mencionó la palabra «petróleo». El presidente norteamericano no dedicó una sola palabra a la posibilidad de restablecer la democracia en Venezuela, pero sí mencionó 17 veces «oil», y habló en seis oportunidades de que las petroleras estadounidenses reconstruirían la infraestructura petrolera decadente de Venezuela y recuperarían los derechos petroleros «robados» a Estados Unidos con la nacionalización por parte del chavismo.
Todo había empezado muy bien: con o sin pruebas, y quizás con cierta polémica, los militares estadounidenses atacaron durante días lanchas que salían de Venezuela presuntamente cargadas con droga con destino a Estados Unidos. Para observadores cercanos a la oposición demócrata, el problema grave de la droga en ese país es el fentanilo, y ese no viene de Venezuela, pero valga como justificación: durante varias semanas se fue preparando una prolija narrativa clásica para “preparar” a la opinión pública mundial a la idea de que el gobierno de Donald Trump iba por el máximo jefe del cartel de la droga venezolana, que presuntamente sería el presidente Nicolás Maduro.
Los ataques a las lanchas en el Caribe eran un paso indispensable de diplomacia pública, que es la intersección entre la diplomacia y la comunicación: se trata de convencer no sólo a gobiernos, si no a otras instituciones influyentes en la sociedad y -particularmente- a la opinión pública de los otros países.
La operación militar fue espectacular, histórica, cinematográfica: nunca antes se había visto cómo un presidente de un país totalmente militarizado, como Venezuela, podía ser capturado por fuerzas extranjeras sin necesidad de ocupar el territorio y evitando grandes batallas sangrientas y destructivas: una proeza militar y tecnológica y una demostración de poderío notables.
La algarabía no fue solo de los más de ocho millones de venezolanos expulsados por la represión y la miseria y esparcidos por toda América Latina y muchos otros países donde se tuvieron que refugiar de ese régimen sangriento e incompetente: muchos latinoamericanos que se compadecían de los padecimientos de los venezolanos acompañaron la alegría: el Obelisco porteño el sábado fue una fiesta, el gobierno de la Ciudad lo iluminó con la bandera venezolana, muchos argentinos acompañaron la felicidad de los residentes venezolanos: una verdadera fiesta.
Hasta que Donald Trump agarró el micrófono para sostener su insólita conferencia de prensa en su residencia de Mar-a-Lago, en la que destrató a la líder opositora venezolana y premio Nobel de la Paz María Corina Machado calificándola de incapaz. No dijo ni una palabra sobre alguna intención de restablecer un régimen democrático en Venezuela, ni sobre los derechos humanos, ni de hacer valer las últimas elecciones ignoradas por Maduro o de organizar un comicio nuevo y, por el contrario, dijo: «Nosotros vamos a gobernar Venezuela» y «vamos a resarcirnos de las expropiaciones de nuestras petroleras y el petróleo venezolano fluirá hacia los Estados Unidos.»
El resultado: la vicepresidenta Delcy Rodríguez se hizo cargo del gobierno con el aval de Washington, y el petróleo venezolano ya empezó a fluir hacia Estados Unidos.
La hazaña militar de capturar a Maduro le abrió una insólita ventana de audiencia mundial a Trump estimada en 210 millones de televidentes a nivel global, mas 45 millones de estadounidenses, más 22 millones de visualizaciones del stream de youtube y 120 millones via X (Twitter) durante las siguientes 24 horas. Refleja la trascendencia geopolítica y humana de un acontecimiento como pocas veces en la historia de la política global con niveles de audiencia inéditos hasta ahora para un tema de este tipo.
Podría haber sido una gran oportunidad, de no ser que Trump decidió aprovechar esa ventana de audiencia para desacreditar todo lo que se habia visto minutos antes: quienes esperaban el anuncio de la salvación del pueblo venezolano se toparon con un gobierno que quiere hacer negocios con los mismos delincuentes y violadores de derechos humanos que están gobernando hoy Venezuela. Todo un despropósito.
Final de fiesta: Una vieja teoría conspirativa de la izquierda sostenía que el interés de Estados Unidos en el resto del mundo, por ejemplo en Venezuela, era puramente económico y que de ninguna manera estaba interesado en establecer algún tipo de democracia occidental en ese país sino simplemente en quedarse con el negocio petrolero.
Lo que hizo Donald Trump en esa conferencia de prensa fue confirmar que no se trataba de una simple “teoría conspirativa”, sino de una realidad.
Con esa conferencia de prensa, el presidente de Estados Unidos mató en minutos toda posibilidad de que Washington desarrolle algún tipo de estrategia de diplomacia pública que permita generar alguna narrativa que evite, a partir de ahora, un desorden y descalabro mundial absoluto: Estados Unidos conserva firme su posicionamiento de primera potencia, pero se despojó voluntariamente de toda superioridad moral sobre sus rivales China y Rusia.
No sólo le restó altura moral a la proeza militar de haber capturado al «delincuente de Maduro», convirtiendo esa impresionante hazaña en un acto de rapiña; sino que, a partir de ahora, Vladimir Putin en Rusia, perdió con Venezuela un aliado en una remota región, pero ganó un poderoso argumento para justificar su invasión a Ucrania (y otras posibles invasiones futuras), argumentando que se trata de su área de influencia y que está liberado para quedarse con el petróleo, las tierras raras, los minerales o lo que fuere como la sola justificación de que Estados Unidos también lo hace.
Putin también festeja que China ahora pierde a un proveedor alternativo de petróleo que hace ahora a los chinos más dependientes del petróleo ruso: si había dudas, Trump acercó más a Putin y a Xi Jinping.
Por si faltaba poco, se sumó uno de los voceros de Trump, el asesor de seguridad Stephen Miller, para anunciar que el próximo objetivo de Donald Trump es Groenlandia, territorio asociado a la corona de Dinamarca e indirectamente parte de la Unión Europea. Si eso sucede, como lo está anunciando el gobierno de Washington, los días de la OTAN están contados y Europa quedará sola a merced de la Rusia de Putin, que ahora tiene piedra libre para atacar lo que se le ocurra y hacerle bullying geopolítico a cualquiera fuera del hemisferio americano.
Probablemente también se regocije en China Xi Jinping con nuevas narrativas para justificar una eventual invasión de Taiwán: una conferencia de prensa logró arruinar una hazaña noble y convertirla en el estallido inicial del descalabro final del orden mundial.
Ahora vayamos a la encuesta: Un panel de 57 profesionales de comunicación considera que debería haber bajado el volumen de sus aspiraciones petroleras, no debería haber despreciado a Corina Machado y que fue un pecado no haber ni siquiera mencionado la intención de Estados Unidos de que Venezuela recupere algún tipo de democracia. Un tercio de los profesionales que participaron en el panel también sostiene que Trump es el primer presidente de Estados Unidos en decir abiertamente la verdad sobre una intervención militar de ese país.
Los profesionales también consideran que toda la comunicación de Washington en el caso de la captura de Maduro, tendiente a lograr algún tipo de aprobación de la comunidad internacional, fue endeble, deficiente o directamente contraproducente para dos tercios de los panelistas.
Poco más de un tercio la considera apropiada.

Si el mundo queda sumido en un mar de guerras y sangre, quizás los historiadores recuerden algún día que todo empezó con una conferencia de prensa de un presidente que arruinó con el codo la buena obra que había hecho hacía pocas horas.
Una hazaña de tecnología e inteligencia militar convertida en catástrofe por una mala conferencia de prensa